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“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos”
2 Timoteo 3: 1-2
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Existe contundente argumento como para afirmar categóricamente que en estas últimas décadas se ha popularizado mucho el concepto del “yoismo”, es decir, que todo lo que necesitamos para nuestro óptimo desarrollo en sociedad, se encuentra en nosotros mismos.

La autosuficiencia del hombre que proviene desde el mismo jardín del edén, desde aquella seductora oferta de la serpiente cuando le decía a la mujer: “y seréis como Dios” (Génesis 3: 5), ha llevado a la humanidad en este postrer tiempo a elevar y enarbolar los grandes pendones con palabras tales como la “auto ayuda”, “autoestima”, “autoconfianza”, etc., y que apuntan a fomentar la independencia del hombre que desea vivir a espaldas de Dios.

La psicología define a la autoestima como un sentimiento valorativo de nuestro ser, de nuestra manera de ser, de quienes somos nosotros, del conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. La definición correcta del término autoestima es materia de debate en las diferentes escuelas psicológicas y psiquiátricas, así como en áreas fuera del enfoque científico para el bienestar mental humano.

Particularmente en el New Age, las definiciones suelen ir en el sentido de halagar al creyente. Otros psicólogos de la autoestima, como Nathaniel Branden, insisten en la necesidad de reformar las convicciones filosóficas dañinas programadas en el paciente para así poder lograr la curación.

Palabras tales como: “yo creo, yo siento, yo pienso”, etc., son los abundantes vocablos que componen los diálogos del hombre actual. Nadie quiere considerar lo que Dios dice, es más, somos constantemente bombardeados por los medios de comunicación públicos con frases de célebres filósofos y pensadores ociosos que nunca miraron hacia arriba.

El texto citado hace tantos siglos atrás por el apóstol Pablo, recobra tanta vigencia en estos días, que nos deja de verdad perplejos. Lo increíble, no está en observar al hombre natural que se goza en vivir sin Dios, sino que una iglesia tan secularizada cuyos líderes y predicadores solo hablan de sí mismos lo que revela un narcisismo extraordinario, tal cual lo dijo el apóstol: “hombres amadores de sí mismos”.
Estamos en tiempo cuando el hombre nuevamente arremete contra Dios, para pretender usurpar su lugar.
The New Age (Nueva Era)
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Desde la década del 60 ya se habla de una nueva era. Se habla de la “era de acuario” en donde se comienza una insistente prédica para convencer a la humanidad de que somos dioses y que todo nuestro potencial se debe exteriorizar; se debe hablar en positivo, se debe cultivar la autoestima y la auto dependencia.

Aparecen libros como la “Conspiración de acuario”, “Todo está en ti”, “Piense y enriquézcase”, etc., y literatura de autoayuda, control mental Silva, auto relajación, yoga, etc., que sin duda han sido un éxito en ventas.

Es el actual “yoismo” que pretende cual antigua religión, desplazar a nuestro Señor Jesucristo del centro, para que el hombre tome su lugar. No es extraño observar a predicadores fraudulentos que se jactan en los púlpitos hablando de sus experiencias y vivencias, como si eso fuera lo que edifica al pueblo de Dios. Hombres infatuados que se aman tanto, que ya están comenzando a aborrecer al Dios soberano, aún cuando de labios lo honran.

Recordemos a algunos de los grandes expositores del yoísmo:
Robert Shuller, tele evangelista norteamericano que en la década del noventa promovía las palabras de amarse a sí mismo, enseñaba que la clave del éxito estaba en nuestra autoestima.

David Cho, uno de los evangelistas Coreanos que con mayor fuerza enseñó que el éxito estaba en la visualización, es decir, en uno mismo, para lo cual, era necesario amarse y confiar en sí mismo.
Y podríamos extender una lista enorme de hombres “amadores de sí mismo” que enseñaron y que enseñan que la clave es mirarse a sí mismo. ¡Qué blasfemia más diabólica! Mientras la que la biblia nos enseña a morir a nosotros mismos cada día, estos contumaces dicen lo contrario.

En Chile, han surgido muchos predicadores desviados de la base de la Sagrada Escritura, que no pierden oración para enseñar desde los pulpitos sus experiencias basadas en sí mismos y que el propósito de Dios para con el hombre, es prosperarlo de sobremanera. Ellos presentan a Jesús tal cual como papá Noel con un una bolsa al lomo que nos da todo lo que pidamos. Sus grandes congregaciones y extraordinarias infraestructuras, son según ellos, las muestras del respaldo de Dios en sus vidas.

No obstante, veamos con humildad y sencillez, lo que la biblia enseña, lejos de todo fanatismo y extravagancia tan frecuente en nuestros días.
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El YOISMO V/S LA BIBLIA
No creo que haya un texto más apropiado para comenzar la refutación a esta idea tan propia de la filosofía de Satanás y que se ha popularizado tanto en los púlpitos actuales, como la expresada por un hombre extraordinario que amaba tanto a su Señor, me refiero a Juan el Bautista:
“Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” Juan 3: 30
Ante Cristo, todo ha de menguar y caer de rodillas. Juan lo manifestó muy bien y fue el sello de su predicación desde que al mismo Jesús le decía que no se sentía digno ni siquiera de desatar el calzado de sus pies.

Juan jamás habló de confiar o de mirarse a sí mismo para alcanzar las claves del éxito, por el contrario, la verdadera clave de éxito de un verdadero hijo de Dios es dejar que Cristo crezca en nuestras vidas. Que él gobierne nuestro intelecto, emociones y voluntad, obviamente una premisa diametralmente opuesta a los apóstoles de Satanás.

Nuestro bendito Salvador, El Señor Jesucristo, nos dejó una tremenda demanda cuyas palabras se han extinguido en las bocas de los predicadores actuales; clásicos de púlpito tales como “Arrepentíos”, “Hipócritas” “No he venido a traer paz a la tierra”, etc., propias de la retorica divina, han sido reemplazadas por palabras melosas y agradables al oídos.
Palabras que no atenten contra el autoestima. Nuestro Señor decía:
“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” Lucas 9: 23
Este texto es una tremenda bofetada al orgulloso “yoismo” que pretende elevar al hombre a un triste rol de diosecillo. Todo aquel que desea servir a Cristo, lo primero que tiene que hacer es negarse a sí mismo y no, amarse a sí mismo en términos de autosuficiencia.

Negarse a sí mismo, es anular nuestro intelecto subjetivo y subordinarlo ante la colosal voluntad divina. Es decir, no mas Yo, ahora es él: Cristo. Como lo expresaba el apóstol Pablo:
“…y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí” Galatas 2: 20
La clave del éxito no consiste en una retrospección subjetiva, por el contrario, la clave del cristiano es morir para Cristo. Sin Cristo y sin la cruz no puede haber vida y todo aquel que descanse en sí mismo, amándose a sí mismo y sus propias ideas, solo conseguirá perderse para siempre.
“Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Marcos 8: 35)
La salvación y la vida piadosa no se puede sustentar en la autoconfianza. La Biblia nos enseña que nuestro corazón aún caído es un verdadero manantial de perversidades que desea desbordarse y llenar todo nuestro ser. Cristo y la enseñanza apostólica apunta al sometimiento de nuestro Yo ante la autoridad de Dios. Pablo enseña contundentemente:
“…no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios” 2 Corintios 3: 5
La enseñanza apostólica es evidentemente clara, no podemos depositar la confianza en nosotros mismos (auto suficiencia), sino que debemos reconocer y confesar constantemente que nuestra competencia proviene de Dios.

El hilo conductor que las Sagradas Escrituras frente a este tópico es tan abundante que podríamos extender esta refutación sin mayor problemas, porque la seductora premisa satánica de “amarse a sí mismo” queda débilmente arruinada por la infalible Palabra de Dios.

Mientras que los hombrecitos vanidosos dicen que el poder está en nosotros mismos, la Biblia contrarresta diciendo que nosotros no somos más que vasos de barro y que la potestad solo la tiene El Alfarero. La solución a nuestras problemáticas y el éxito de la vida de un creyente no radica en sí mismo, sino que en el poder de Dios que soberanamente se manifiesta donde quiera y en quien quiera.
“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” 2 Corintios 4: 7

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” Romanos 9: 20
Estos textos, entre tantos otros, nos ponen en nuestro lugar y anulan los intentos rebeldes e insubordinados de querer, cual Satanás, independizarnos de Dios y pretender asemejarse al Altísimo mediante el amor a sí mismos. ¡Gracias a Dios que Cristo vino a redimirnos del YO!

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